Vigo en Navidad es superlativa. Pura emoción e hipérbole. Millones de luces, capital navideña de España, calles y plazas que se transforman de noche en un escenario cada año más grande, más brillante, más sorprendente. Y durante el día hay una ciudad abierta y deseosa de que la descubras.
Un hombre, un reto: Abel Caballero. Resulta imposible entender la dimensión alcanzada por la Navidad viguesa sin el alcalde que convirtió el alumbrado en relato y el relato en desafío. Tras declarar a la ciudad gallega capital navideña de España, por delante de Madrid y Barcelona, lanza el guante a Nueva York. En este envite, cada Navidad supera a la anterior y Vigo ha convertido una tradición en espectáculo y en su marca turística. El exceso dejó de ser consecuencia para convertirse en argumento: el Niño Jesús nació en Vigo.
El 29 de julio, con media España en bañador, Vigo comenzó a montar la Navidad. Para su edición 2026 anunció Caballero doce millones de luces LED, quinientas calles iluminadas, siete mil motivos ornamentales y dos mil setecientos árboles decorados. Cuatro meses de antelación para preparar un despliegue que, lógicamente, guarda sus novedades bajo secreto. El factor sorpresa forma parte del espectáculo.
Cada año más calles, más luces, más elementos monumentales y una programación de actividades cada vez más extensa han convertido el alumbrado en un fenómeno turístico que atrae a millones de visitantes. El gran árbol de Porta do Sol, las bolas y cajas de regalo gigantes o los muñecos luminosos alimentan una carrera ascendente en imaginación, cantidad y volumen. Vigo no solo enciende más luces: agranda cada año el escenario.
Cuando se apagan las luces queda Vigo. Desde el monte de O Castro, origen de la ciudad, la mirada se abre sobre la ría y las islas Cíes. Después toca bajar hacia el Casco Vello, callejear hasta Porta do Sol y asomarse al Ensanche. La piedra, el puerto y el Atlántico cuentan entonces otra historia.
Vigo nació asomada al mar. Calles estrechas, cuestas, soportales y casas de piedra transpiran la vida de su casco antiguo y desembocan, como ríos, en pequeñas plazas. No importa una u otra. En el juego de perderte siempre ganas tú. Las sirenas de los barcos sitúan el puerto, que reivindica esa esencia marinera, pesquera e industrial de la ciudad. Un mar que salpica en los platos de pescado, pulpo y marisco. Una gastronomía que se muestra orgullosa con la empanada por bandera y por estampa, las ostras de A Pedra, abiertas al momento en plena calle.
Has respirado Vigo. Has paseado, has comido… Has perdido la noción del tiempo y no has corrido a buscarlo. La tarde se despliega como la cortina de un teatro que se abrirá con la noche. Empieza el espectáculo.
La Navidad se escapa del calendario y se convierte en un lugar. Un espacio fantástico y deslumbrante que recorres y que vives tras dejar a tu yo adulto en la entrada. Luces, formas, colores, enormes esferas en las que puedes entrar, conos que se elevan hasta el cielo, sonidos que embrujan, aromas que abrazan… Una noria y un tiovivo son máquinas del tiempo y la ciudad, una enorme bolsa de piñata.


