El maximalismo baja el volumen sin renunciar a su personalidad. La selección sustituye a la acumulación y objetos con historia, arte, color y texturas construyen espacios ricos pero equilibrados. Se abre paso una abundancia más consciente.
Consolidado en las décadas de 1960 y 1970 y con una segunda juventud hacia la década de 2010, el minimalismo convirtió el vacío, la neutralidad y la depuración formal en sinónimos de elegancia. Frente a aquellos interiores blancos, ordenados y casi intercambiables, durante la década siguiente el maximalismo respondió recuperando el color, los adornos, los estampados, las colecciones y, sobre todo, la identidad. Cuando el péndulo llegó al extremo contrario, el ‘más es más’ acabó generando saturación, con espacios abigarrados donde colores, muebles y artículos decorativos competían por llamar la atención. Ahora la tormenta empieza a remitir, pero no vuelve la calma minimalista. El maximalismo se serena.
Podríamos llamarlo ‘maximalismo sereno’; sin embargo, la prensa especializada anglosajona utiliza distintos nombres para una misma evolución: ‘curated maximalism’, ‘mindful maximalism’ o ‘heritage maximalism’, entre otros. Los matices cambian, pero comparten una idea: la abundancia permanece, aunque pasa por un proceso de selección. Más personal, pero menos ruidoso; más significado que cantidad.
Así, la casa vuelve a llenarse pero no de cualquier cosa. Arte, libros, cerámica, recuerdos de viajes, textiles, muebles heredados, piezas ‘vintage’ o con historia construyen diferentes capas visuales. Lo antiguo puede convivir con lo contemporáneo; una pieza artesanal, con otra de diseño; los colores ganan profundidad y las texturas enriquecen el conjunto. No se persigue la uniformidad, pero tampoco la acumulación indiscriminada. Cada elemento debe encontrar su lugar. La armonía gana terreno al caos.
La diferencia está en la intención. Importa qué cuentan los objetos que elegimos mostrar, no cuántas cosas caben en una estancia. Se buscan ambientes cálidos, personales y vividos, tan alejados de la asepsia del minimalismo extremo como del efecto tienda de antigüedades del maximalismo llevado al límite. Identidad, artesanía, autenticidad y memoria sustituyen progresivamente al impacto visual como objetivo principal.
Homes & Gardens incluye entre las tendencias de 2026 un maximalismo más seleccionado e intencional, mientras Architectural Digest constata el avance de interiores más personales, eclécticos y construidos mediante capas de color, textura y ornamentación. Las distintas formulaciones convergen en una misma dirección: recuperar carácter sin volver al exceso.
Y el movimiento apunta más allá. El Colormix Forecast 2027, de Sherwin-Williams, confirma la continuidad de esta evolución durante el próximo año. El maximalismo no se va. Simplemente está madurando.



