Tibicenas, Halloween canario

La niebla de una fría noche pasea de forma espectral entre las antiguas callejuelas de Teguise. La luna llena aparece como un disco fantasmagórico que observa en silencio el misterio que los aborígenes de la isla temían más que cualquier otra cosa en este mundo.

Se escuchan pasos solitarios que retumban en las paredes de la Iglesia de Guadalupe, a la vez que los muros del Palacio Espínola, ahora Casa Museo del Timple, se presentan como testigos mudos de la presencia de una sombra oscura, de ojos rojos como lava infernal, que deambula por la Villa en busca de una presa que llevar ante el altar impío de su amo, Guayota, dios del Inframundo.

La mirada del averno se posa sobre una figura delgada que atraviesa la Plaza de la Constitución: ella es la elegida para el ritual sacrílego de esta noche. La bestia se acerca con la precisión de un depredador implacable, consciente de su poder y de lo que puede hacer con él. Ella, ajena al destino funesto que le espera, continúa andando en dirección al pórtico que lleva a la calle trasera a la iglesia.

Ese es el lugar elegido por el cazador. Nadie acudirá en auxilio de la desdichada víctima. Otra noche más, justo cuando las puertas del infierno se abren en la Noche de Finaos, el Tibicena presentará su tributo al demoníaco ser que le creó.

J.R. Navas. Escritor

spot_img
spot_img
spot_img

Debes leer