Un territorio espectacular se abre ante ti. Montañas, bosques, pueblos de piedra, prados… La naturaleza con una cinta de regalo para llevártela puesta. Autenticidad serena que te invita a un viaje total, exterior e interior.
La majestuosidad serena de los Picos de Europa se despliega ante tus ojos. Verde infinito en sus valles, blanco sacramental en sus picos y el gris agreste de la roca que un cielo azul recorta con la precisión de un relojero. Al norte, el Cantábrico baña los pies de acantilados vertiginosos. En el subsuelo, la Capilla Sixtina del Paleolítico. Altamira. En el término medio de la verticalidad, hayedos, un bosque de secuoyas, osos en libertad y preciosos pueblos de piedra. Guarda el reloj en la maleta.
Potes, en pleno valle de Liébana, es el puerto base natural para explorar la montaña cántabra. A pocos kilómetros está Fuente Dé. Su teleférico salva 1.800 metros de desnivel y te posa en la alta montaña en un chasquido de dedos. Arriba, miradores naturales como el del Cable o el Desfiladero de La Hermida entregan una experiencia visual imborrable. Cuando necesites parar, hay hospedaje de alta montaña como los refugios de Áliva que te ofrecen pausa, silencio y el calor amable de un cocido montañés.
Santillana del Mar es señera y orgullo de Cantabria. Aúna personalidad, arquitectura medieval y renacentista, y el temple tranquilo que permite disfrutarla a pie y pararse a contemplar. Además, resulta un excelente puerto base para explorar el eje central de la comunidad. Desde ella se accede fácilmente al Museo de Altamira. La cueva, de la que ofrece una reproducción fidedigna por motivos de seguridad, es Patrimonio Mundial de la UNESCO y uno de los conjuntos de arte rupestre paleolítico mejor conservados y más importantes del mundo por su realismo, técnica y antigüedad.
A unos 25 minutos en coche desde Santillana del Mar se encuentra el Bosque de Secuoyas del Monte Cabezón. Plantado con fines madereros en 1940, nunca llegó a talarse y hoy constituye la mayor masa forestal continua de secuoya roja de la Península Ibérica. Árboles impresionantes, que pueden alcanzar los 110 metros de altura. Más cerca aún está Comillas, sede de la célebre universidad de verano y una villa costera con una arquitectura singular. Conviven en su casco histórico ejemplos destacados del Modernismo, entre ellos El Capricho de Gaudí. Única obra del arquitecto catalán en Cantabria y una de las muy pocas fuera de Cataluña.
Antes de llegar a Santander, la ruta se asoma al mar en San Vicente de la Barquera, uno de los enclaves costeros con más carácter de la comunidad cántabra. Su casco histórico se alza sobre una colina entre la ría y el Cantábrico, un puente medieval invita a entrar y, en días claros, los Picos de Europa dibujan un fondo espectacular. Abre el paisaje como la bisagra natural con la que el mar, la luz y el horizonte reemplazan al bosque cerrado y a la piedra del interior.
El viaje se cierra en Santander, una ciudad abierta al mar que se recorre sin prisa. Su casco antiguo respira costumbrismo y las calles bajan hacia el agua entre plazas tranquilas y bares con terrazas. La vida transcurre a ras de suelo, sin más pretensiones. Paseos frente al Cantábrico, conversaciones mientras la luz amarillea la tarde.
El Palacio de la Magdalena aparece entonces como un remanso natural entre jardines y el mar. El edificio, de estilo inglés de principios del siglo XX, fue residencia de verano de la familia real española y hoy acoge la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP). Resulta una agradable visita de despedida.


