Agustín Pallarés Lasso pasó su infancia en Alegranza. Describe la isla como “mi mundo, un lugar maravilloso” donde campaba a sus anchas, saludaba a los delfines y cuidaba su nido de pardelas.
“Alegranza era un salto dimensional”
Agustín Pallarés Lasso llegó por primera vez a Alegranza a los dos meses. Su padre era corresponsable del faro –torrero–, junto con la familia Olivera. “Me contaron que había mala mar y el faro aún no tenía dique. Tuvieron que desembarcar en la playa de El Veril y caminar unos tres kilómetros. Fue mi estancia más larga, siete meses”.
Lo habitual era alternar estancias de cuatro meses. Ese otro tiempo lo pasaba en Arrecife. “Desde que, a los tres años y pico, empecé a poder fabricar recuerdos tengo la consciencia de que Alegranza era para mí un mundo inmenso. En Lanzarote iba al colegio y jugaba con mis amigos y mis primos. También lo pasaba bien. Tenía una libertad que los niños no tienen ahora. Pero, puestos a echar de menos, extrañaba más Alegranza. Aquello era un salto dimensional”.
Asegura Agustín que aprendía incluso más con su padre que en el colegio. “En casa teníamos una biblioteca y había tiempo de sobra para acceder a todo el conocimiento universal”. “Mi hermana y mi hermano, –apunta- iban a su bola. Yo estaba solo en mi mundo y era maravilloso”. Conforme su espacio se fue ampliando… “Podía bajar a la marea y saludar a los delfines o veía saltar a las enormes mantarrayas…, impresionante. También me mandaban a ordeñar a las cabras o me entretenía pescando”.
“Podía adivinar de oído –prosigue- cómo estaba el mar y a veces, me iba al otro lado de la costa a buscar jallos (objetos traídos por la marea). También veía pasar los grandes mercantes y, por su proa, jugaba a atribuirles un estado de ánimo”. Las pardelas eran otra distracción. “Recuerdo, en mayo, por las noches –añade- cuando llegaban las grandes bandadas con su peculiar estruendo… ‘weña, weña’. Tenía mi nido. Las observaba y las cuidaba. Incluso les hablaba”.
Ya algo más mayor recuerda “los macanazos cuando había maniobras militares y tiraban bombas sobre el Roque del Este. Los aviones pasaban muy bajo, por encima de la casa, y temíamos que pudieran caer. Y que, cuando alguien enfermaba había que subir a una montaña cercana, prender una hoguera y hacer señales con una manta. Ya entonces enviaban a socorrernos desde La Graciosa”. “Más adelante –añade- instalaron una emisora, pero tenía interferencias por la misma montaña donde se hacían las hogueras”. A los once años, ya iba al instituto, y se fue acabando poco a poco aquel otro mundo.



